jueves, 4 de septiembre de 2014

Canciones bajo la piel (Cerati)

Me cuesta tratar de explicar porqué determinadas canciones quedan bajo la piel (I've got you under my skin) en determinados momentos. Consecuencias y casualidades se combinan para que esa voz, esa sonoridad, esa forma de sugerir emociones e imágenes, te acompañe durante días, meses y – a veces – años. Como polizones  luminosos que cada tanto se dejan ver; se hacen sentir, esporádicamente, se acercan a nuestra vida para dejarnos vislumbrar otro modo, otra forma, aún impensada de lo que vendrá. Un “adorable puente”, epifanías en formato de canciones.
Cuando apareció Soda Stereo, no me gustó. Siempre sospecho lo peor de las canciones pop, sólo el tiempo hace que pueda amigarme con ese tipo de melodías. Sin embargo, debo reconocer, que gran parte de los terribles naufragios, erráticos itinerarios, y puertos (casi) seguros en los cuales lloré, gocé y reí, están de alguna manera asociados a melodías pop. Mi horizonte sensible y estético era (es aún) aquel que abreva de cierta crudeza rockera e inquietantes disonancias psico. A pesar de mi, de mis prejuicios y mi obsesivo estructuralismo, fui siguiendo lo que – reconocía – fue la cada vez más rica producción de Soda Stereo. A partir de Signos (1986), el tercer disco de estudio, no pude dejar de escucharlos. Las letras eran cada vez más densas y la música tomaba un vuelo experimental que hasta ese entonces no había percibido. Canción animal (1990) y – sobre todo – Dynamo (1992) creo que ya son parte de otro estado de conciencia: “Nunca fuiste una canción/Te oigo entrar/Deseo darte un nombre nuevo.” (Secuencia Inicial).
Bocanada (1999) salió en un momento en que gran parte de lo que vivía se deshacía entre desencuentros, decepciones e incertidumbre. No sé porque fui a buscar el CD apenas salió a Rincón Musical y no dejó de sonar en esos tiempos de transición. Lo mismo pasó con Ahí vamos (2006) y Fuerza natural (2009) cuyo lomo veo entre los Cds mientras esto escribo. Del primer álbum solista de Gustavo Cerati recuerdo esa atmósfera dark, oscura y triste que retrataba un final: “Distante placer/de una mirada frente a otra/esfumándose...” (Bocanada). Era el comienzo del fin, no sólo de una relación afectiva personal, sino también de un ciclo que había comenzado prometiendo que con la democracia se resolvían todos los problemas del país desigual. Eran postales de despedida y cambio. Ahí vamos se me pegó en momentos de rara esperanza: “Vamos despacio/para encontrarnos/el tiempo es arena en mis manos.” (Lago en el cielo). El show presentación, en Obras sanitarias (el estadio todavía se llamaba así y no cómo ahora que tiene el nombre de una gaseosa), fue contundente y maravilloso. Una banda potente que se tatuó en mi memoria a fuerza de volumen y sensibilidad. Fuerza natural – su último disco - tenía un aura especial, un disco místico, iluminado y bello: “La poesía es la única verdad /Sacar belleza de este caos, es virtud”. (Déjà vu).
Cuando escuché la noticia de la muerte de Gustavo Cerati (después haber estado en coma durante cuatro años) sentí el dolor de la ausencia definitiva. Supe que ya no iba a encontrarme – casi por casualidad – con su arte. Entendí también que muchas veces no nos damos cuenta cuan cerca, y cuanto nos movilizan, aquellas canciones que por ahí no forman parte de lo que uno menciona cuando habla de aquello que le gusta. Canciones que – metidas bajo la piel – nos iluminaron en tiempos de dolores y placeres. Y sí: “poder decir adiós, es crecer”. (Adiós).

   Café Azar
   Posadas, 4 de septiembre de 2014.-